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domingo, 28 de septiembre de 2014

58. Último capítulo.

Tercer asalto. Hope estaba agotada. Y tenía la muñeca dolorida. Había querido dar un golpe en el estómago a su rival pero esta se había apartado rapidamente haciendo que el golpe fuese a parar a una de las gomas que delimitaban el ring. Pero Hope no se rendía. Había tenido que cambiar el  brazo que la protegía por el derecho ya que, en ese momento, el brazo izquierda era el que estaba en mejores condiciones pero le resultaba extraño tener que usar su zurda para dar los golpes. Eso Louis lo notaba por lo que tardaba en extender el brazo. Louis se había llevado las manos a la cara porque comosiguiese agarrando la madera del bando tenía miedo de partirle por la tensión. Suspiraba. 

"Vamos, Hope, tú puedes." pensaba cada vez que recibía un golpe de su rival.     

Laura corría por las calles de Londres intentando resguardarse de la lluvia. Tenía mucho frío. El agua le había hecho sentir frío en sus huesos hasta tal punto de detenerse en uno de los portales que le rodeaban. Se sentó en unas escaleras a llorar. Se intentó secar las lágrimas con las mangas de su abrigo de lana, intentó colocarse el gorro que cubría su pelo, intentaba serenarse pero le resultaba imposible. Había sido engañada por Liam para que fuese a hablar con su madre biológica. No sabía como había sido capaz de ser tan ruin con ella. ¿Por qué? 

"¿Por qué no quería que fuese feliz?" pensaba Laura. 

Y es que Laura solo quería imaginarse como hubiese sido su vida junto a su madre, separada de sus padres homosexuales. Hubiese sido una niña encantadora. ¿O quizá hubiese sido una niña como esas que salen en los documentales? Una vez vio uno en el que entrevistaban a una prostituta drogadicta como su madre cuya hija estaba sucia y mal cuidada porque su madre solo quería gastarse el dinero en droga, en unos gramos de cocaína. La entrevistadora preguntó a la prostituta si no sentía un mínimo de amor por su hija y ella se sintió ofendida. Dijo: 

"Claro que la quiero, ¡es mi hija!".

El cuerpo de Laura dejó de temblar, y dejó de llorar, y entonces, solo entonces, sonrió. Sonrió al comprender que esa mujer quería a su hija y que por eso no podía apartarse de ella. Y sonrió porque también comprendió otra cosa: su madre la había querido tanto que la había dado en adopción para que fuese feliz, aunque la madre no hubiese soportado separarse de ella. 

Niall miró a su madre justo después de cenar, a la hora del postre. Era el momento, el momento de decirla que había encontrado a alguien que le hacía feliz, que le hacía sentir bien. 
-Mamá, tengo que decirte una cosa. 

La señora le miró, al principio sorprendida -su hijo no solía contarle a ella las cosas, nunca habían tenido esa confianza como para contarse secretos- y luego curiosa.
-Dime, hijo.
-He conocido a alguien. 

La señora -que vestía un jersey rojo con algunos bordados navideños como estrellas y renos- abrió la boca.
-¿Sí? 
-Sí. Es de Londres- dijo el muchacho-. Bueno, no, en realidad es de Doncaster pero vive en Londres.  

La señora, atónita, abrió la boca. 
-¿Estás saliendo con tu amigo Louis? 
-¿Qué? ¡No! ¡Es una chica, mamá!- dijo riéndose el irlandés por la cara que había puesto su madre-. Se llama Ana, Ana Marshall. Y creo que es perfecta para mí.

La madre, que con la aclaración de su hijo se había tranquilizado, sonrió.
-¿Qué edad tiene? 
-Tiene diecisiete años. 
-¿No es un poco joven? Bueno, tu tienes diecinueve años. 
-No, mamá. Es perfecta. Es simpática, amable, dulce... 

Maura, que así se llamaba la mujer, sonrió y no paró de hacerlo mientras que si hijo le explicaba todo sobre la relación que mantenía con su novia. 
-Espero que seais felices.
-Lo somos, mamá.  

Zayn acababa de aparcar en frente de la casa de los Smith y había bajado del viejo coche que usaba para transportarse por la ciudad de Londres. Estaba lloviendo y hacía mucho viento. Empezó a mirar por las ventanas de la fachada de la casa y vió que había luz en algunas habitaciones. 
-¡Lucía!- chilló.

El flequillo que tenía y que se ponía a modo de tupé, por la huledad, se había pegado a su frente. Se había olvidado -por las prisas- de llevarse un paraguas. 
-¡Lucía! 

Cada vez se estaba mojando más y más. Y las gotas de lluvia hacía que pareciese que no estaba llorando pero lo hacía. De rabia. ¿Acaso ese amor mo le hacía sentir bien? Se había enamorado completamente de esa muchacha a la que llamaba a gritos en frente de su casa. ¿Por qué estaba tan mal en ese momento? ¿Era ella? Sabía la respuesta. La había hecho daño justo de la forma en la que pensaba que no lo haría: la había dejado hacía unas semanas atrás. ¿Eran los te quiero's que aún resonaban en su cabeza? No se lo habían dicho siempre pero las pocas veces que lo habían hecho sabían que lo decían de corazón. ¿O era, simplemente, que Zayn pensaba que ella ya no sentía nada por él? Lucía hubiese salido a la primera llamada.

Abrió la boca de nuevo y empezó a gritar. Su nombre era lo unico que podia decir. Ni una conjunción. Ni un verbo. Pero sus gritos a ella le parecieron suspiros. 


Él habia dejado de gritar el nombre de la muchacha tras unos minutos. Estaba sentado en el bordillo de la acera mientras miraba, con dificultad ya que la lluvia golpeaba su cara, las ventanas de la casa por si aparecia ella pero no. ¿Para que habia gritado? Para verla pero... Le habia ignorado. Había seguido el consejo de su padre: ir a por ella. Había fracasado. 

Harry se había vestido con una camiseta blanca y con unos vaqueros. Ya se pondría una americana después. Ahora lo más importante era saber dónde estaba el local a donde irían hoy las hermanas Smith así que hizo un par de llamadas antes de partir del piso. 

Cuando llegó al local, aún estaba vacio. Solo había un par de camareros que aún estaban preparando el bar para la fiesta que tendría lugar allí. 

Había un par de girnaldas de color rojo y verde y unas cuantas bolas de navidad de distintos tamaños. Además, los camareros vestían una camiseta de color rojo y tenían que llevar un gorro de Papá Noel para estar acordes al decorado.
-Por favor- dijo a uno de los camareros-, pongame una Coca-Cola.
-¿Algo de alcohol?
-No, gracias. Quiero aguantar esta noche- susurró al camarero-. Tengo cosas importantes que hacer esta noche. 

-¡El combate está que arde!- gritaba el periodista deportivo que comentaba la final del guante blanco. 

Hope miraba a su rival con dolor. Su muñdca derecha era, en ese momento, inservible, no tenía fuerza, y estaba obligada a usarla como escudo en vez de la izquierda. Nunca había imaginado que eso pasara y por eso nunca había entrenado de esa forma y por eso estaba cansada. 

En un momento de descanso miró al público. Su hermana ana estaba en pie gritandola palabras de ánimo junto a sus padres. El público -gente que había apostado- estaba nervioso. Pero el único que parecía tranquilo era Louis. La miraba serena, tranquila y sonrientemente. Sus ojos azules tenían un brillo especial, un brillo que la distrajo y que la costó un puñetazo en el estómago. 

Se cayó al suelo pero no se rindió. No había arriesgado tanto para no ganar. Había puesto en peligro su carrera universitaria, su futuro, a Louis. No iba a dejar que todo eso fuese en balde. Así que se levantó.
-¡Ya llevan nueve asaltos, señores! ¡Las señorita Marshall y García no se dsn por vencidas! ¡Si en este asalto no se proclama una de ellas campeona del campeonato se realizarán cinco asaltos más!- dijo el comentarista. 
-Siempre y cuando una de ellas no pueda levantarse del suelo, amigo- añadió su ayudante. 

Hubo un descanso de pocos segundos en el que el entrenador de Hope le dio unos consejos. Ella no hacía caso a su entrenador. Solo observaba a Louis que la miraba como antes: tranquilo. 
-¿Me has entendido?- gritó el entrenador. 
-Sí. 

La campana sonó. Era el momento. 

Fue rápido. Hope no supo cómo lo hizo. No supo cómo ocurrió. Solo había visto que, tras juntarse con García en el centro de la tarima, el puño había ido a su estómago, o quizá un poco más arriba. Quizá tenía una costilla rota. La gente empezó a gritar entusiasmada. García había caído al suelo. El árbitro se acercó al centro del ring, junto a García.
-¡Siete, ocho, nueve...!- decía mientras daba golpes en el suelo- ¡... Y diez!
-¡Hope Marshall se proclama campeona del Guante de Oro!- gritó el periodista. 

Hope gritó, saltó y volvió a gritar. ¡Había ganado!

Saltó las gomas del ring y brincó hasta el suelo para luego subir los bancos que la habían rodeado durante todo el combate. Y se paró a dos metros de Louis.
-¡He ganado! ¡He ganado! 
-¡Lo he visto, Hope! ¡Lo he visto! 
-¡He ganado! 
-¡Me siento orgulloso de ti! 
-¡He ganado!- gritó justo antes de saltar hasta Louis y, delante de toda esa gente, delante de su hermana, de su madre y de su padre, le besó. 

-Siento de verdad lo que ha ocurrido-dijo Liam mientras le tendía a la madre de Laura una servilleta de la cafetería para que pudiera limpiarse de la cara el maquillaje corrido.
-No te preocupes- dijo el hombre-. Ya la avisé de que esto podía ocurrir. 
-Es verdad- dijo la mujer-, pero me había ilusionado con verla. ¿Sabes lo que es estar buscando a tu hija durante catorce años y que, cuando la encuentras, no quiera conocerte? 
-Laura es muy testaruda. Seguro que en unos días ha cambiado de opinión y... 
-No hace falta que me mientas, Liam- dijo la madre-. Una siempre sabe cuando hay que retirarse. 
-Lo siento mucho, cariño- dijo el hombre, que se llamaba Karl.
-No pasa nada. Ya se me pasará.

Liam se sentía incómodo. Había organizado esta reunión pensando que una familia se reencontraría tras tantos años. Sin embargo, había hecho saber a una mujer que su hija la odiaba con todas sus fuerzas. 
-Puedes irte, Liam- dijo el hombre-. Tendrás que ir a buscar a Laura. 
-Laura necesita estar sola en este momento. Lo que me importa ahora es hacerles sentir bien. ¿Quieren unos chocolates calientes? Invito yo. 
-No te molestes. 
-No se preocupen. Ahora mismo vuelvo. 

Liam se levantó de la mesa y fue a la barra de la cafetería para esperar a que la camarera le atendiese. La cafetería se había llenado de algunos ancianos, parejas y de padres con niños que, tras cenas, solo querían celebrar la Navidad en las calles de la ciudad, observando las luces y los decorados que habían puesto en las calles y en los escaparates. Quizás algunos fueran a ver el cambio de guardia que el Palacio organizaba por estas fechas.
-Tres chocolates calientes, por favor- dijo él cuando la camarera, vestids con un uniforme que consistía en una camiseta y en una falda de color verde y rojo, se acercaba a él-. Con dos churros cada uno. 
-En un par de minutos estarán. 
-Muchas gracias. 

Miró la hora. Eran las once de la noche. Lo más probable era que Laura se hubiese ido a su casa de contarles a sus padres y a su abuela lo que había ocurrido. Quizá se hubiese enfurecido cuando supiese que sus familiares sabían el plan. 

Una corriente de aire frío llegó al cuello del obrero y de la impresión, Liam tuvo un escalofrío que le recorrió toda la espalda. Luego giró la cabeza para llamar la atención al niño que se hubiese dejado la puerta abierta. No era un niño. Laura estaba justo ahí, sujetando el cristal de la puerta con su mano- roja por el frío-. Buscaba algo con la mirada. Liam pensaba que le buscaba a él. Su casa esaba muy lejos y hubiese tardado mucho en llegar. Además, estaba lloviendo. Estaría ansiosa de llegar a su casa y meterse en la cama. Pero la mirada de Laura se detuvo en la mesa de su madre. 
-Feliz Navidad- dijo la camarera sacándole de su mente mientras dejaba los chocolates en la encimera.

Y fue como si el tiempo se hubiese detenido, como si en la cafetería solo estuviesem ellas dos. Laura miraba a su madre, y la madre miró a la puerta encontrandola. La señora se levantó lentamente, con miedo de que fuese una ilusión, de que fuese un fantasma que se fuese a esfumar si hacía unmovimiento brusco.

Laura empezó a caminar con una sonrisa en la boca, y, cuando la faltaban dos metros para llegar a la mesa preguntó algo.
-¿Te importa que a uno de mis padres le llame "mamá" o tengo que reservarmelo para ti?

La mujer, con una voz temblorosa, susurró.
-Si quieres, puedes llamarme a mí de otra forma. Puedes llamarme "mami" o "madre" o...
-Sh, ya pensaremos en eso. 

Y la señora, que había comenzado a llorar de nuevo -esta vez de felicidad-, se acercó a su hija y la abrazó. Laura la abrazó también. 

Lucía empezó a creer que estaba loca. Creía oír su voz mientras que toda su familia hacía bromas tras la cena de Nochebuena. Vio a sus hermanos. Paula leía a su hermano pequeño un cuento. 

Veía a la gente muy feliz mientras que ella fingía una sonrisa, esa sonrisa que llevaba en presencia de sus padres desde el día en que Zayn la había dejado tras acostarse. 

Una carcajada hizo que Lucía mirase a sus tios, quienes estaban cogidos de las manos.

Pidió disculpas y se levantó para ir al baño. Fue casi flotando, como si fuese un fantasma que quisiese librarse de la maldición de ver a los demás felices. Cerró con pestillo y se sentó en el suello. En ese mismo instante, empezó a llorar sin poder seguir mas aguantando esta falsedad. La sonrisa falsa que llevaba puesta desde hacía dias. No podia más. Le echaba de menos. 

"Estupida" pensó mientras se abrazaba las piernas por el frío.

Paula la echó en falta en la sala y interrumpió su lectura. 
-Paula, sigue. Estamos llegando al final. 

Dijo a su hermano que en unos minutos continuaria con la lectura. Este al principio puso mala cara pero finalmente se levantó de las piernas de su hermana dejando que esta se levantara. Salió de la sala y buscó a su hermana por toda la casa. Habitación por habitación hasta que se topó con la puerta del baño. Intentó abrirla pero se encontró con que estaba cerrada. Llamó dos veces y pidió entrar. Negativa. Insistió y finalmente se oyó un "click" y entró.

Su hermana mayor estaba en el suelo de baldosas sentada, con el poco maquillaje que se había puesto emborronado y con la nariz roja. 
-Tengo que decirte una cosa- susurró mientras se sentaba junto a ella, con cuidado de que no se le arrugase el vestido-. Sé por qué te dejó Zayn.
-Yo también lo sé.
-No, no es porque solo quisiese sexo. 
-Él me dijo que sí. 
-Mintió. En realidad estaba preocupado por ti. Tenía miedo de que no pudieses compaginar los estudios con él. Oyó una vez que mamá te decía que él haría que sacases malas notas.

Paula, que no sabía que más decir -sería mucho mejor así ya que su hermana estaría pensando en la nueva información que había recibido-, se levantó y salió del baño para poder continuar con el cuento que le estaba contando a Gonzalo. pero cuando llegó al salón,el niño estaba dormido en el sofá. Ya le contaría al día siguiente el final del cuento.

Subió a su cuarto y se miró al espejo. Pensó que tendría que cambiarse pero el vestido de color azul estaba en perfectas condiciones y el maquillaje estaba perfecto así que cogió dinero, llamó a un taxi y, cuando este llegó a su casa, guió al conductor hasta el local. Paula vio a la gente que hacía cola. Tendría suerte si la dejaban pasar. Seguramente, al haber tanta clientela, cortarían por lo sano y no dejarían pasar a menores. Si se hubiese llevado a su hermana seguro que podría colarse de alguna forma pero no podría. Así que se puso en la cola y esperaría a que sus sospechas no fuesen reales. 
-Hola- susurró alguien a su derecha. 

Allí estaba Harry, con una americana de color azul, una camiseta blanca y unos vaqueros desgastados que acompañaban a unos zapatos viejos pero elegantes. 
-¿Qué haces aquí?- preguntó Paula intentando no sonreir tan ampliamente como lo hacía Harry.
-Oh, solo pasaba por aquí. Estaba buscando algún lugar donde la fiesta fuese buena y donde hubiese buena compañía.

Paula borró la sonrisa. Por un instante había pensado que Harry había ido por ella. 
-Creo que me voy a quedar aquí. No sé si la fiesta es buena pero por lo menos tendré buena compañía.
-¿Cómo lo sabes?
-Estás aquí, ¿no? 

Paula se sonrojó y volvió a permitirse sonreír hasta que llegaron a la puerta.
-¿Eres mayor de edad?- preguntó el portero.
-Sí.
-Carnet, por favor.
-No he traido la cartera...
-Viene conmigo- dijo Harry.
-Lo siento. Los menores no pueden pasar. Siguiente- dijo apartando a los chicos de la cola.

Paula bufó y luego se sentó en una de las escaleras de la entrada con cuidado de no salir de debajo del tendido que había para no mojarse con la lluvia.
-Que pena- dijo el de rizos-. Si quieres podemos buscar otra sitio.
-No hace falta. Creo que me iré a casa. Todos los locales estarán haciendo lo mismo.

Paula se levantó del escalón y cogió el móvil para llamar de nuevo a un taxi que le llevase a casa. 
-Paula, me gustas mucho- susurró Harry. 

Ambos corazones empezaron a latir deprisa. Uno por las palabras que había dicho. Otro por las palabras que había escuchado. Y las cabezas de ambis sequedaron  en blanco. No necesitaban más.

Paula colgó el teléfono y se giró.
-¿Qué?
-Me gustas.
-¿Desde cuándo? 
-No lo sé. Creo que desde el momento en el que te vi por primera vez.

A ella le costaba respirar. Se había hecho ilusiones con ese momento desde hacía unos meses. Y, justo cuando piensa que todo va a cambiar, cuando piensa que todo va a acabar, lo que acaba es su sufrimiento. Y todo eso hace que todo cambie para mejor. 
-Pensé que...
-Fui idiota. Un completo idiota. No sabía qué hacer. Nunca me había sentido así. Nunca había experimentado algo parecido.
-Harry...
-No, dejame hablar. Siento haberme comportado como un estúpido. Siempre me metía contigo, intentaba hacerte pasar malos ratos, intentaba molestarte, ignorarte... Y sé que no me merezco tu perdón. Así que, por favor, enviame a la mierda, pegame y sacame de tu vida. Me lo merezco.
-Tú también me gustas, Harry. 

El chico miró a la hermana Smith y sonrió.
-No lo sabía.
-Las tias somos así. Nos lo callamos todo.
-¿Me odias?
-Estamos aquí, en la puerta de una discoteca en la que no me dejan entrar. Y en vez de entrar o de irte a otra discoteca te quedas aquí, conmigo, la noche de Nochebuena, con este tiempo de perros. ¿Por qué tendría que odiarte? 

Harry volvió a sonreír y, por primera vez desde que se conocían, ambos sabían que lo que decían era verdad. No se estaban intentando hacer daño el uno al otro, no querían romper esa confianza que había en el ambiente. No les importaba la lluvia. Tampoco la gente. Lo único que les importaba era la llegada de un beso que estaba a punto de llegar, el primer beso que se darían sin que uno de los dos fuese borracho. 
-¿Ahora que hacemos?- preguntó Harry.
-No lo sé.
-Pensé que después de declararme me enviarías de vuelta por donde había venido.
-Yo no sabía que ibas a venir. 

La gente entraba en el local.
-¿Quieres que te invite a algo? ¿Un batido? 
-¿Va a haber algo abierto a esta hora? 
-No es muy tarde- dijo Harry mirando su reloj-. Y habrá alguna cafetería abierta lasveinticuatro horas.
-Está bien. Vamos.

Ambos se levantaron y Harry se quitó la americana para ponerla por encima de la cabeza de Paula. Se agachó para ajustarsela mejor. Y se acercó a ella. Y el beso llegó.
-¿Lista para salir a la lluvia?- preguntó Harry tras apartarse y Paula asintió a la pregunta-. Pues vamos. 

Ana encendió su ordenador cuando llegó a su móvil un mensaje de Niall. 

"Ya estoy libre."

Cuando Ana entró en su cuenta de Skype, recibió una videollamada de su novio que aceptó. 
-Feliz Navidad, cariño- dijo Niall con una sonrisa. 

Él estaba en si vieja habitación en Irlands, un cuarto con las paredes azules y con algunos cuadros de viejos coches que habría puesto cuando era pequeño y que por su ausencia no habría cambiado por posters de fútbol, o por fotos suyas.
-Feliz Navidad a ti también- dijo Ana mientras que saludaba a la cámara para que el rubio la viese desde su pantalla.
-Ya he visto que Hope ha ganado el torneo.
-Sí, la ha costado pero al final.
-También he visto su celebración con Louis. ¿Se han arreglado?
-Sí. Hemos cenado y se acaba de ir con él. 
-Ya era hora.
-La verdad es que sí- dijo Ana.

Se quedaron mirando durante unos segundos sin saber que decir hasta que se empezaron a reír. 
-¿Abrimos los regalos?- preguntó Niall.
-¡Sí!- exclamó ella con una palmada por la felicidad. 

Cada uni sacó una bolsa, una bolsa con el regalo que le había comprado la otra persona y que habían intercambiado. La de Ana es de color rosa y la de Niall era de color negro. 
-¿Los abrimos a la vez? 

Niall asintió.
-Una.
-Dos.
-¡Tres!- dijo ella feliz. 

Abrieron sus bolsas y sacaron sus regalos envueltos, quitaron el papel de regalo y descubrieron sus sorpresas. 
-¡Niall!- chilló Ana emocionada al ver un colgante de plata con forma de letra A-. ¡Es precioso! 
-¿Te gusta?
-¡Me encanta! 

Ana se puso su colgante y mostró su cuello a la cámara.
-¿Te gusta tu regalo? 

Niall miraba un reloj. Era un reloj de color azul marino, con la cúpula brillante y con las hebillas de color plata.
-¡Muchas gracias, amor! ¡Dios! ¡Te ha debido costar mucho!
-No te preocupes por eso. Es Navidad.

Niall se lo puso inmediatamente y, como había hecho su novia, lo enseñó a la cámara.
-¿Sabes, Ana? Eres increible. Y te quiero mucho.

Ella se sonrojó y se tapó la cara con sus manos. 
-Yo también te quiero. 

Lucía se vistió rapidamente con unos pantalones vaqueros y un jersey de lana de color azul. Preparó un bolso con todo lo que iba a necesitar para su reencuentro con Zayn: el móvil -para llamarle y que bajase de su piso-, la cartera -para pagar al taxi y un refresco para cuando estuviesen feente a frente para pedirle explicaciones- y el tabaco -ella fumaba mucho cuando estaba nerviosa-. 
-Mamá, me voy a ir a una fiesta- mintió frente a todos sus familiares.
-¿Vas a ir así a una fiesta?- preguntó su madre.
-Es una fiesta en casa de Laura. No creo que necesite un vestido. 
-Pasatelo bien- dijo el señor Smith. 

Lucía se despidió y luego salió a la puerta de su casa. 

Abrió el paraguas de lunares blancos sobre fondo negro que había cogido de su cuarto y se cubrió con él antes de abrir la puerta de la verja. Sacó un cigarro y lo encendió con mucho cuidado de que la ceniza no cayese en su jersey.

Ahora tocaría esperar al taxi al que acababa de llamar en su cuarto para que le llevase al barrio de su ex novio. 

Giró la cabeza para poder observar la calle. Las luces de las casas estaban encendidas por las celebraciones y, de algunas de las residencias, se podía escuchar música y algunas risas. Incluso había alguna televisión con un volumen excesivamente alto ya que se podían escuchar las conversaciones de los presentadores de televisión. Se detuvo a ver los coches pero se detuvo en un coche viejo. Era un coche familiar. Junto a él había sentada una persona en la acera. Se levantó.
-Pensé que nunca saldrías de casa. 

A Lucía le costó respirar al reconocer la voz. No le había visto la cara aún y ya sabía que era él. Esa cazadora de cuero negro que más de una vez se había puesto cuando tenía frío. 
-Hola- susurró él bajo la lluvia-. He estado llamándote. Pensé que no saldrías nunca.
-No tenía planeado salir- susurró ella en un hilo de voz-. Pensaba quedarme en casa.

El silencio que se formó fue muy incómodo. Se seguía oyendo a las televisiones de los vecinos.
-¿Y a dónde ibas? Te... Te puedo acercar. 
-No hace falta.

Las emociones de Lucía se podían resumir en ira, amargura y en una felicidad triste -o una tristeza feliz. Ahora sabía toda la verdad, y eso la alegraba y la entristecía a la vez-. 
-No vas con vestido. ¿No vas a ninguna fiesta?

La lluvia seguía cayendo sobre Zayn mientras que la muchacha estaba totalmente seca.
-Les he dicho a mis padres que tenía una fiesta en casa de Laura.
-Pero Liam no ha dicho que Laura... Ah, entiendo- dijo Zayn bajando la vista al suelo, abatido, haciendo circulos con la punta de uno de sus zapatos en uno de los charcos que había formado la intensa lluvia-. Has quedado. Has quedado con otra perso... ¡Ay!

Lucía había soltado el paraguas y todo lo que tenía entre las manos para acortar la distancia con el moreno y para empezar a golpearle en el pecho con toda su fuerza. 
-¡Iba a ir a verte, capullo! ¡Me lo ha dicho Paula! ¡Me lo ha dicho Paula! ¡Así que todo esto ha sido por mis notas! ¡Capullo asqueroso! ¡Sé la verdad!
-¡Lucía! ¡Lucía! ¡Para! 
-¡Maldito cerdo! ¡Me has hecho pasar las peores semanas de mi vida! ¡Iba a ir a tu piso a verte y a hablar contigo! ¡¿Cómo te atreves a insinuar que he quedado con otro chico?! ¡Capullo asqueroso! 
-¡Para, Lucía! ¡Me estás haciendo daño!- decía él intentando esquivar los golpes de la chica. Golpeaba muy fuerte. 
-¡Y más daño te voy a hacer como no empieces a disculparte por todo lo que me has hecho pasar! ¡Capullo! ¡Gilipollas!
-¡No quería hacerte ningún mal!- dijo él cuando, por fín, agarró las muñecas de Lucía para que no le diese más golpes.
-¡Has hecho todo lo contrario!
-¿Crees que yo no le pasado mal? ¿Crees que yo no me arrepiento? ¡Empecé a arrepentirme justo antes de dejarte! ¡Desde antes de romper ya me dolía!
-¿Y por qué coño lo hiciste, Zayn?- chilló Lucía-. ¿Por qué fuiste tan cabrón?
-¡Porque estoy enamorado de ti!

Y todo quedó en silencio. No se escuchaban las televisiones, ni las risas. Y Lucía sintió que estaba sola en el mundo. Junto a él. Él estaba a su lado. De nuevo. Como lo había deseado tantas veces en las últimas semanas. 
-Y yo de ti.

Y Zayn no tardó en besarla. Llevaba tanto tiempo esperando este momento. Estaba esperando el reencuentro. Porque eso significaba el amor, no olvidar a la persona a la que se ama, intentar conseguir lo mejor para ella, aunque a veces fuese doloroso, aunque a veces se tenga que hacer algo loco. Como dejarla. Como dejarla ir. Pero Zayn no iba a dejarla ir. Porque estaban locos, locos el uno por el otro. Y es que el amor no es perfecto. La perfección es aburrida. 

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